“Un coso acosado en El Puerto”

Vista de la entrada principal de la Real Plaza de Toros de El Puerto de Santa María.

Vista de la entrada principal de la Real Plaza de Toros de El Puerto de Santa María.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu (Tribuna libre).- Mientras subía por aquella calle, vi el inmenso edificio que se dibujaba frente a mí. Pensé en la Maestranza coqueta, pequeña, recortada sobre el río desde Triana, y pensé que haría aquella ciudad con un edificio colosal como el que tenía frente a mí. No pude evitar pensar en Ronda, en Jerez, y en tantos y tantos lugares.

El edificio que se alzaba ante mí, y  cuyos pies ya me encontraba, había respetado el entorno, era como una catedral, rodeada de espacios para disfrutarla en plenitud, sin anexos, sin edificios que la desmerecieran, viéndola incluso no pensaba en su uso, en las corridas de toros, pues en sí, el edificio ya tenía su propia personalidad.

Casi media vuelta al ruedo me acompañó los mesones que se abrían en algunas de sus puertas, y en cuyas terrazas cientos de turistas se tomaban un vino con los habituales del lugar; las tiendas de recuerdos ofrecían todo tipo de regalos, típicos y atípicos, y algunos se habían atrevido a entrar en la guarnicionería que se abría en otro de los locales junto a la puerta de los tendidos de sombra.

Seguí emocionado mi particular vuelta al ruedo, y al pasar frente a otra vi que apuraban la temporada y olía a rabo de toro recién hecho, mezclas de sabores y colores que hacían sonreír a la ya vieja plaza.

Casi llegando la puerta principal me gire y vi que estaban montando un escenario para una representación de teatro clásico, el marco era incomparable, y a pesar de lo frío y duro de los asientos me acordé de Mérida, y aunque el escenario no era ni parecido, el culo sí que lo recordaría.

Lo que daría Sevilla o Jerez por tener un edificio como este, aun conservando los suyos, que tienen bastante encanto. La fui dejando atrás, mientras me acordaba de aquella calle Santa Lucía los días de verano cuando llegaba la gente desde el muelle o la estación para ir a los toros, y me enorgullecí de vivir en una ciudad en la podíamos contar con un edificio tan magnífico, con unos espacios inmensos, bares, restaurantes, tiendas típicas y trabajo, y en los que durante todo el año podíamos contar con espectáculos, aunque el mejor, sin lugar a dudas, el ciclo de ópera.

El claxon de un coche mientras cruzaba con el semáforo en rojo hacia la Avenida, me devolvió de nuevo al mundo frio y real, y al girarme comprobé que no había nadie. Que las cuencas de cada ojo seguían igual de vacías y tristes, y que las rojas lenguas seguían lamiendo las piedras del Coso.

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