“Un paseo por la nubes”

Una de las fincas a la espera de tiempos mejores en la calle Palacios de El Puerto de Santa María.

Una de las fincas a la espera de tiempos mejores en la calle Palacios de El Puerto de Santa María.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu (Tribuna libre).- Cuando aún no había casi terminado de desperezarse el sol, tomé el camino de la calle Palacios, frente a mí se dibujaba el soberbio edificio que mira constantemente a la Prioral, casi sin nada ni nadie que se interponga en su cruce de miradas, las bellas aceras, que con las últimas lluvias creaban una fina capa propia de una pista de patinaje artístico, me ayudaron a deslizarme entre soberbias casas, de algunas asomaban hermosas macetas, de otras bellos jaramagos que anunciaban, que aun en el más absoluto abandono, aún tenían vida.

La blancura de la mayoría de las fachadas no eran más que el reflejo de la soberbia gestión que ayudaba a que se adecentaran estas, las cuales, por aburrimiento, veían pasar los años sin las cosquillas de un pincel, y es que es una pena borrar el paso del tiempo.

Los bajos eran como una enorme galería comercial, pero que al ser domingo, dormían a la espera de un mejor día, ensombreciendo con artísticas lagañas lo oculto tras los cristales. Casi en su mitad, me giré, con cuidado, para ver como la prioral abría su enorme boca y temí que su grito, de admirada desesperación, me llevara hasta el mismo Hospital que hoy a nadie acoge.

Vuelta la vista hacia el frente, y sabiéndome escudado pude ver los edificios rehabilitados, el intento desesperado de proyectos a la espera, el potencial de una calle, amplia, luminosa, señorial. Una calle en la que vivir es un lujo, en la que, sin embargo, las lágrimas de unas piedras hacían el tímido intento de vivir, de vivir y de que vivieran, pues en mi paseo eché en falta el llanto de un infante pidiendo levantarse, el ruido de cocinas, el ruido de la vida al despertar.

Llegué a las puertas de aquel sanatorio de toreros, el mismo que, con sus balcones abiertos saludan a su río, el mismo que ni la desidia, ni la gestión, ni la codicia habían logrado arruinar, si bien, sus techos ya anunciaban que los intentos por ello ya tenían sus primeros logros.

Frente al azulejo de quien pasea en los lunes, me volví de nuevo hacia el faro que marcaba lo que debía ser el centro de una ciudad, anhelando que al llegar a la que ya veía como una gran plaza, podría disfrutar de cafés, tiendas, y terrazas. Sabía que sería algo así, y también sabía que no me cruzaría con nadie, pues Palacios abandonados a pocos príncipes cobija.

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