“Un vapor desde el Liba”

El Vaporcito de El Puerto surcando el río Guadalete en sus mejores momentos, años atrás.

El Vaporcito de El Puerto surcando el río Guadalete en sus mejores momentos, años atrás.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu (Tribuna libre).- Mientras esperaba que se enfriara el café, no podía apartar la vista del muelle, el sonido de la marea que comenzaba a subir me traía el aroma de ese Puerto que nunca pasa, el mismo que para unos les arruga la nariz y que para otros sabe a mar, a pesca y a ribera.

Apoyado en la barandilla, esperando que llegar la hora vi la figura de un hombre ya mayor, pues siempre lo conocí así, igual, con la boina y la chaqueta negra, intrépido capitán que tenía tanta seguridad en su nave, que cuando viajaba a Cádiz con mi abuela no dudaba en dejarme a los mandos del timón al que casi no llegaba, y del cual era dueña cuando ya, adentrados en la bahía, anunciaban el cercano puerto de Cádiz.

Seguí mirando con los ojos cerrados y lo vi, blanco y armonioso, tan grande como se ven con los ojos de un niño de 11 años, con ese suave balanceo de los barcos que ya o volvían o se marchaban a las faenas cotidianas. Aspiré y vi que nada había cambiado, el café se enfriaba, y el bramido anunció el nuevo día, un bramido que en los días de levante escuchaban en casi toda la ciudad.

Abrí los ojos, y ya no había nadie apoyado en la barandilla, unos mástiles me ocultaban los salvavidas de estribor, o de babor, que más me daba pues no estaba, el rio seguía lamentándose contra las rocas, preguntándose que pintaba un muelle con nombre y apellidos. Y aunque también yo me pregunté, preferí quedarme con el recuerdo, con el recuerdo que algunos verán sobre fotos y papeles, y que otros vivimos como parte de nuestra peculiar historia, una historia cargada de gente que se van y no vuelven, cargada de recuerdos, de olores y sabores que morirán con nosotros, pero que mientras nos sentemos a tomar un café, aparecerán, tan reales como aquellos días.

Quizás la amarga imagen de ver nuestros recuerdos, tan queridos pudriéndose sea incluso lo peor, porque todos nos preguntamos si es tan necesario que día tras días nos enturbien un recuerdo tan bonito, cuando quizás lo mejor sería darle un final digno de lo que fue, de lo que significo para nosotros.

No lamento verlo reflejado en dibujos, me alegro de que siga formando parte de nuestra historia, hasta el punto de no ser jamás olvidado, pero resulta cruel verlo pudrirse sin que nadie al menos lo arrope en las noches de ventisca… aquel que surcó la bahía, desafiante ante el poniente, gracioso con su levante, merece al menos el respeto de la mirada de los visitantes. Y si llega el caso, quizás algún día me siente en el Liba a tomar un café, y mientras cierro los ojos, vea a un digno heredero de quien fuera la alegría de esta tierra marinera.

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