“Cuando Rusia llegó a El Puerto”

Litografías rusas expuestas en el Hospitalito.

Litografías rusas expuestas en el Hospitalito.

Javier Bello (Tribuna libre).- Es conocido por todos la importancia de la Rusia zarista en el desarrollo de la historia mundial, ya que como todos sabemos sus particularidades y su genial forma de imponerse ante las adversidades fueron unas de las principales características de este antiguo Estado, situado entre Europa y Asia. El reinado del Zar Alexey Mijaylovich (1645-1676), fue un prólogo a la época de las reformas económicas y sociales de su sucesor el emperador Pedro I. [Rusia celebra en El Puerto el 350 aniversario de su primera embajada]

En estos años el intercambio mercantil, era la excusa perfecta para establecer relaciones diplomáticas o internacionales entre Rusia y los demás países extranjeros entre los que se encontraba España. Si observamos ya en el siglo XVI los artesanos, médicos, arquitectos e ingenieros alemanes, suecos e italianos visitaban Moscú y se domiciliaban en la capital rusa tras los muros del Kremlin.

De este modo el Zar Alexey y sus círculos más influyentes claramente europeizados continuó con la política de sus predecesores, es decir siempre buscaba las ocasiones favorables para asegurar a su monarquía una posición importante entre las grandes potencias de su época. Su tarea fue muy importante y gracias a ella consiguió consolidar relaciones diplomáticas con sus vecinos, pero también con reyes y emperadores, cuyos territorios estaban bastante alejados. Siendo así de importante las relaciones internacionales de dicho Zar, que consiguió crear por primera vez las embajadas rusas en China y los países de Asia Central, abriendo de esta manera nuevos caminos para las mercancías rusas.

Si continuamos hablando de todos estos viajes diplomáticos que Rusia emprendió para crear distintas relaciones y alianzas mayoritariamente económicas, podemos hacer referencia a uno que tiene especial interés para la historia de las relaciones ruso-españolas, en el año 1667. Es aquí donde los portuenses entramos a formar parte de este lejano país. Y es que el viaje de la primera Embajada rusa al reino de España, en el año 1667, tuvo mucha relación con nuestro municipio. Todos los detalles de este viaje y de la estancia en la corte de Madrid, acompañado de los detalles de España desde un punto de vista ruso, podemos obsérvalos en una serie de documentos históricos que, bajo el título de “La Antigua Biblioteca Rusa” editó en los años 1773.1775 el polígrafo y publicista Nicolás Novicov. El principal documento se encuentra en los archivos del antiguo Ministerio de Relaciones Exteriores de Moscú, y representa un viaje, compuesto por alguno de los escribanos de la Embajada y que se divide en dos partes. En la primera, describe muy detalladamente todos los episodios del viaje en forma de diario cronológico de las negociaciones, audiencias, recepciones y ceremonias. La segunda parte del informe general, una rápida y sumaria ojeada sobre la situación política de España y describe algunas particularidades etnográficas y sociales que asombraron a los embajadores del Zar moscovita.

El encargado de llevar a cabo la misión diplomática en España fue el mayordomo del Zar y gobernador de la región de Belev, el boyardo Ptr Ivanovich Potemkin, que era una persona muy acreditada en la corte moscovita.

Es de destacar que la orden real de partir para España fue firmada el 4 de junio de 1667, mediante el cual se daba unas instrucciones muy claras y que a continuación nombraré algunas de las más llamativas:

1.- Los embajadores deben insistir, ante todo, sobre la audiencia personal del Rey de España.

2.- Deben reclamar la ausencia en el día de la recepción y durante la audiencia real de los embajadores de otros países en el palacio.

3.- Deben aprender de memoria el título completo del Rey de España.

4.-Si acaso la Reina recibiera también a los embajadores, decir un discurso especial de parte de la Zarina.

5.- En las conversaciones con los españoles deben discutir los temas siguientes: la paz con Polonia y la necesidad de la unión y amistad entre todos los estados europeos; la necesidad de la unión de todos los reyes y príncipes cristianos contra los turcos, que tienen en su poder las tierras cristianas.

Así pues podemos darnos cuenta que los fines de la Embajada de España eran, ante todo, demostrativos y declarativos. Lo que sobre todo interesaba a la corte del Zar eran las cuestiones de la posible participación de España en las negociaciones con Polonia y la unión, al menos de carácter moral, contra los turcos, que amenazaban las fronteras rusas y que conservaban en sus manos Constantinopla, ciudad considerada por los zares como una herencia legítima e histórica de Bizancio.

Una vez llegaron a España, su primera parada fue aquí en Cádiz, y los primeros visitantes que fueron a saludar a la Embajada rusa eran los capitanes holandeses de los navíos de guerra y el capitán español Antonio Mogita, representante de las autoridades gaditanas. Al siguiente día miembros de la embajada eran presentados ante el corregidor de la ciudad, Martín de Seis, y el mismo Antonio Mogita, con un padre jesuita. Y de este modo llegaron los rusos a El Puerto, ya que Martin de Seis le ofreció a los embajadores para su estancia El Puerto de Santa María, y comunicó al capitán general de Andalucía, Duque de Medinaceli, la llegada de una misión de la Embajada. Y así fue como los gaditanos esperaron la autorización de la Corte Española para que los rusos partieran hacia Madrid. Entretanto el Duque le ofreció alquilar una casa en El Puerto. Invitación aceptada por los mismos que fueron recibidos en El Puerto con cañonazos de navíos españoles, alojándose los embajadores en la casa de un mercader holandés. Tras dos semanas, todo estaba ya listo y Martín de Seis ordenó la salida para Madrid, según la orden real. Pero un pequeño incidente diplomático se produjo entonces acerca de la cuestión de pagar por el alojamiento, coches, caballos y comida. Los rusos tenían por costumbre que sus embajadores disfrutasen de la misma dignidad que el Zar y según el uso protocolario ruso los honores que gozan los representantes diplomáticos exigían el servicio completamente gratuito de parte del Gobierno que los recibe durante toda la estancia en el territorio de este último. Sin embargo las autoridades españolas, que no tenían instrucciones reales para un tal tratamiento, se negaron a satisfacer las reclamaciones rusas.

Finalizo aquí mis breves líneas sobre la primera Embajada rusa en España, que tuvo el honor de hospedarse en El Gran Puerto de Santa María y que después continuó hacia Madrid para finalizar su experiencia española saliendo por el norte, dirección a Francia.

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