“La pestiñá”

Las perolas llenas de aceite iban dorando las obleas, que se solían ir colocando en los barreños de plástico.

Las perolas llenas de aceite iban dorando las obleas, que se solían ir colocando en los barreños de plástico.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu (Tribuna libre).- Si me remonto a aquellos maravillosos años, en los que mi única preocupación eran que nos dieran las vacaciones y no ofender a sus majestades, las de oriente, me refiero, se me viene a mi memoria olfativa, el olor a matalauva, a miel, a fritura de aceite, al frescor de aquellas masas envueltas en paños de cocina para que fermentaran… y al anís. Los pestiños en aquellos tiempos del siglo pasado, no tan lejanos, eran más un evento social que un dulce navideño.

La masa de los pestiños se solía poco antes de la festividad de la Inmaculada, en día laborable, ya que por aquellos años no había costumbre de celebrar el día de la Constitución. Esa masa crecía y crecía dentro de los lebrillos de barro, los mismos que aun conservaban el olor a ajo caliente, y bien arropadas, sudaban durante casi un día entero.

Lo mejor venía cuando se quedaba para hacer los pestiños. Lo normal era quedar en una casa y todos los vecinos (en aquellos años todos se conocían, no había comunidad de propietarios, sino comunidad cuasi familiar, en donde los elementos comunes eran como el salón de reuniones de un castillo) se reunían, algunos en patios, otros en el piso de alguien. El ritual empezaba con la apertura de la botella de anís, por eso de ir calentando motores. Los aperos propios para estirar la masa, teniendo en cuenta que no existía Amazon, solían ser de inventiva casera, siendo los rodillos más populares aquella antigua botella de Savín, cuyos tapones también sirvieron como plantillas a cientos de tapetes de ganchillo; como molde, al más puro estilo estrella michelín, duralex ofrecía una amplia gama de moldes, siendo igualmente el más popular el vaso que se usaba junto con el rodillo.

Lo más curioso era que contra más masa se estiraba, más quedaba, era como una película de indios en donde uno no sabía que podía haber tantos y tantos, a la par, las perolas llenas de aceite iban dorando las obleas, que se solían ir colocando en los barreños de plástico que se usaban para subir la ropa a las azoteas y tender, practica hoy extinguida totalmente.

Con la botella de anís agonizante, y miles de dorados soles, o soles con pellizcos en los barreños, llegaba la hora de los pucheros con miel y agua para ir melándolos. Mientras, el anís comenzaba su efecto salvífico y no faltaba quien empezara con el repertorio de villancicos populares, la excusa de hacer los pestiños unía, aún más si cabe, a familiares, amigos y vecinos, eran una clara demostración comunal de que se podían hacer cosas juntos, la carencia de internet y su prolífica oferta de elementos de menaje se sustituía con imaginación.

Hoy, gracias a los avances tecnológicos, a la oferta, no hay que reunirse para hacer pestiños, no hay que llevarse horas y horas estirando masa mientras charlas con tu vecino y te tomas una copa; hoy, no hace falta reunirse en la cocina o en el patio… hoy creo que he decidido dejar de comer pestiños homologados y con registro sanitario.

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