‘Zenit’, de Els Joglars, triunfa en El Puerto con su sátira al periodismo

‘Zenit. La realidad a su medida’.

‘Zenit. La realidad a su medida’.

EL PUERTO.- Según el DLE, por noticia se entiende la “información sobre algo que se considera interesante divulgar”. Ahora bien, noticia, del latín notitia, significa también idea, concepto, y procede del verbo conocer.

No sabe uno qué habremos hecho no tan bien para que medie hoy tanta distancia entre noticia de informar -aunque sea sobre “algo que se considere interesante divulgar”- y noticia sobre transmitir ideas y conocimiento.

Lo que sí sabe uno es que, sobre este asunto de la noticia, y más en concreto sobre su gestación y difusión desde el periodismo más influyente, hay puntos de vista, críticas en suma, que merecen detenido examen, como es el caso de ‘Zenit. La realidad a su medida’, incisiva investigación teatral sobre cuál sería la motivación real del periodismo en un mundo dominado por el interés económico y la tecnología y que ha puesto en escena “Els Joglars“, con la dirección de Ramón Fontserré, en el Teatro Pedro Muñoz Seca, este pasado sábado, en El Puerto de Santa María, con adhesión total del numeroso de público asistente, que ha aplaudido sin descanso hasta que se retiraron los actores.

El periodismo como información tiene algo de temporalidad, en su estricto sentido físico de tiempo, de que carece el periodismo de ideas y conceptos, si cabe el término. Tal vez sea ésta la razón de que quepa someterlo a tan incómodos análisis morales, como hace “El Juglars” con Zenit. Y aunque pueda parecer ingenuo, la idea, el concepto si se quiere, tiende a elevarse, esto es, a perder interés, terrenalidad diríamos, para el lector curioso; en tanto que la información, lo notorio si se quiere, se apega al suelo, a lo más volátil de su condición, que es el suceso, que no interesa, por contra, al lector trascendente. Digamos que quien vive obsesionado con la abstracción pura, y no poco de ello hay en la misma religión como en la ciencia, tiene menos ocasiones para corromperse. Visto de un modo terapéutico actual, sería más saludable robar, que aniquilarse en ideales inalcanzables. Pero el periodismo sigue su evolución prevista. Y quienes lo critican, también.

Hay, por fin, que dedicar unas palabras más vibrantes a este logrado personaje de Martín, el alcohólico nostálgico y quijotesco de esta obra exquisitamente planificada: el admirable empleo de la simbología corporal, unido a la fina sensibilidad musical -Tchaikovsky- representan un notable acierto en el desarrollo del argumento.

Martín es un hombre descompuesto por el estado de la cultura mediática, pero, cuando ordena a su móvil que le ponga música de Tchaikovsky, al oírse ésta, se recompone, recupera su verdadera estatura sentimental, acaso la que todos hemos tenido algún día, y en general la Civilización, ésa cuyos más relevantes períodos -Descubrimiento de América, La toma de la Bastilla, llegada del hombre a la Luna, etc.- son recogidos, al comienzo de la obra, por la pluma del cronista, el cual no tiene otro poder, en boca de Martín, que repetir al original, que es Dios, único creador.

La destreza mímica de los actores, por otra parte, disminuye la crudeza dramática de esta sátira, creando, de modo contrario tal vez al deseado, cierto dulce ambiente familiar entre los empleados del periódico, a pesar de la resuelta inclinación de éstos a la hipocresía profesional y las traiciones, como queda demostrado cuando dan la espalda a Martín con ocasión del indecente incidente del aeropuerto. Martín supone la derrota del compromiso del periodismo con la verdad.

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