‘La Respiración’ abre la Temporada de Otoño del Muñoz Seca

'La Respiración'.

‘La Respiración’.

EL PUERTO.- La Respiración. Tal es el título de la comedia, escrita y dirigida por Alfredo Sanzol, con que el Teatro Pedro Muñoz Seca, de El Puerto de Santa María, abre su Temporada de Otoño, obteniendo una repercusión pasable.

Es obra tomada de experiencia viva de su autor, como reafirma esa coherencia única en la secuencia de su argumento escénico que, lejos de alcanzarse con las más depuradas y sentidas abstracciones, proviene sólo de la vida misma.

La prot-agonista, nunca mejor dicho, agoniza por un amor truncado, mientras se esfuerza por pasar página, alentada por su madre, en una suerte de propuestas afectivas que, si no capaces de reemplazar el bien perdido, por lo menos divierten (divertir es llevar por varios lados), sacando siquiera de ello lección de vida.

Ahora bien, al estar expuesta Nagore, que así se llama el personaje principal encarnado, con resuelta soltura y oficio, por Nuria Mencía, a la sórdida planificación sentimental de su madre, desaprovecha de plano el remedio de la vieja poesía oral en que, a fuerza de repetir un suceso (en el caso de Nagore su infortunio amoroso) se instruía, no sólo al pueblo, sino también a sí mismo el juglar que lo refería.

Porque, al contrario de lo que se suele pensar cuando se dice que es perjudicial hablar sobre lo que duele y que conviene olvidarlo, resulta todo lo contrario; que cuanto más se habla de ello, habida cuenta del ejercicio creativo que supone contextualizar la narración de la experiencia desde infinitas y del todo imprevisibles circunstancias cotidianas, más cerca se está de la curación, que no suele estar en el olvido del daño, sino en la recreación permanente del amor.

No en vano siempre se ha dicho: “El enemigo, cerca”. ¡Cuánto más, lector amigo, con nuestro propio dolor de amor! Y gente sabia hay tomada por pesada o por víctima que no hace más que hablar de lo que le duele, evitando así caer en soledad… Pero dicho remedio, por otra parte tan habitual entre nuestra gente, se ignora en esta comedia, donde se da paso, sin embargo, a una pedagogía amorosa a ratos disolvente como disoluta.

“Tanto dolor se agrupa en mi costado/ que por doler me duele hasta el aliento”, cantaba Miguel Hernández. Y hay que cantarlo así, para que duela al leerlo, para que cueste respirar. De lo contrario, como el mundo es espectáculo, nos seguirán cayendo bien hasta los malos de las películas. Y eso no. El dolor de amor, lo personal que tiene, se diluye con las soluciones éticas de moda, acaso responsables de no pocas patologías o comportamientos inmorales como los que en ciertos momentos aparecen en la comedia.

Porque a nadie le interesa una enferma de amor. No a esta sociedad nuestra. Y es entonces cuando, por necesidad pedagógica, destacando el papel civilizador que siempre ha tenido en nuestra historia, aparece la madre en la comedia, sólo que ahora no va a civilizar, como antes solía, en favor de la tradición y las costumbres, sino que -por influjo seguro de la delicada situación social que atravesamos y quién sabe en nombre de qué consigna- lo va a hacer en nombre de un amor libre, tan sin raíz en ningún sitio, que hasta se lo relaciona aquí con el aire, al que se canta en verso con resonancias de bacanal y hechizos.

Aparece la madre, decimos, que, como tal, quiere paralizar, a toda costa, el proceso infeccioso que padece su hija… Porque ¡un año ya!, ¡y de amor!, ¡eso no! Quiere que su hija deje de sufrir… Y como hay dolores insoportables, y el de amor lo es, ella, la hija, consiente, en vez de defender lo suyo, que es su dolor, y no el dolor -esto es preciso separarlo- del que la ha abandonado… Pues, ¡sería bueno que, además de abandonarnos, nos robara nuestro dolor también – dolor de amor – el que nos ha a abandonado! ¡No, ese dolor es nuestro! ¡Ese dolor somos nosotros!

Pero este enfoque, esta lucha, no se ven aquí, decíamos, en esta comedia, y sí el de someterse la protagonista, (recordemos que no interesa una enferma de amor) a la planificación de la madre, y con ello a la diversión, o por mejor decir, al olvido de sí misma, a riesgo incluso de convertirse en otra persona, como ocurriría, de hecho, si tomaran cuerpo real esas disparatadas combinaciones amatorias que propone la ficción argumental de ‘La Respiración’.

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