“La victoria de un paseo”

Bancos, verjas, rosaledas y emparrados, pasado de un Paseo lleno de vida y que ya no es lo que era.

Bancos, verjas, rosaledas y emparrados, pasado de un Paseo lleno de vida y que ya no es lo que era.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu (Tribuna libre).- Hacía mucho tiempo que no pisaba su albero, y al bajarme del tren, me encaminé decidido hacia aquellos recuerdos no tan lejanos. Sus rejas anunciaban la grandeza de un espacio verde, pulmón de entrada a un Puerto que ahora quedaba envuelto en su propio crecimiento.

En una sociedad que ansía los espacios verdes, y a la vista del Parque del Vino Fino, cuando me planté en la entrada vi la fuente casi seca, las estaciones parecían no afectar al entorno, quizás porque desaparecieron con el tiempo. Busqué ansioso el frescor de antaño y la sombra de unos árboles casi abandonados me hicieron buscar el cobijo de la Ermita, la ausencia de todo y de nada me hizo pensar en una película de terror, en donde los viejos cementerios eran el escondite perfecto y el patético escenario para los juegos infantiles.

Sin Música, con el quiosco abandonado, sin rocallas y sin patos, sin el guardián de los besos furtivos tocado con su ancha ala, me entristecí. Junto a él, lozano y verde el parque del Vino Fino, y a su lado, el viejo paseo, en el que ni los perros quieren ir a jugar.

Dejación u olvido, pero un olvido que es culpa de todos. Pensé en aquellas mañanas de domingo, pero deseché la idea ante la ausencia siquiera de un tinglado donde comprar agua, aunque bien visto, quien quería establecer un negocio en tan desolado lugar. Me reconfortó pensar que al menos, comenzado el curso, los alumnos del instituto ocuparan sus bancos, y me entristeció ver semejante espacio, rodeado de bloques de pisos que veían el lugar más como el lavadero de las putas que como el magnífico paseo que yo recordaba de mi niñez. Fácil es culpar a quienes gobiernan siempre de todos nuestros males, difícil asumir la culpa de quienes abandonamos aquel lugar, porque bien visto, aquel hermoso Paseo de la Victoria se fue quedando solo.

Entonces lo vi con otros ojos, con parterres bien cuidados, los bancos limpios y pintados de cal. Las rejas verdes como antaño y entre ellas, y subidos al quiosco de la música, un grupo de jóvenes improvisando un concierto sin que la Policía llegara para pedirles la documentación para el ejercicio de su actividad. Frente a él, un pequeño recinto de madera cuyo perímetro se cuajaba  de mesas repletas de gente y niños, muchos niños tirando piedra a los patos que se escondía en la gruta inexistente.

Quizás sea nuestro carácter, quizás sea el levante, pero demandamos espacios verdes, circuitos para correr, espacio para pasear a los perros, y todo, para que una vez conseguido, abandonemos aquel sueño para presionar y obtener otro. Quizás, algún nostálgico se siente con la tablet a pasar la tarde, quizás haya gente que no piense en aquello como un lugar maldito, quizás haya quienes sepan que aquel espacio es nuestro casi desde mediados del XVIII, y con el mismo nombre, sin que nada tenga que ver con otras connotaciones, quizás, y solo quizás, algún día, todos nos pongamos de acuerdo y disfrutemos de nuestros espacios, sin pensar que es un recinto ferial olvidado o el refugio de las lobas tras sus turbios negocios. Quizás espantemos el mal fario y desde los verdes prados del Parque que al lado florece, comenzamos a darle lo que primero necesita nuestro paseo… vida.

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