Carbonell y la soledad del héroe con ‘El mundo de la tarántula’

Pablo Carbonell en plena actuación en el Colegio San Luis Gonzaga. / P.P.M.

Pablo Carbonell en plena actuación en el Colegio San Luis Gonzaga. / P.P.M.

EL PUERTO.- A veces, fijando sin querer la vista en la corriente huidera del río, vemos de pronto nuestra vida, de principio a fin, como resumida en una frase.

Quisiéramos entonces recoger por escrito lo que allí, en la pasante corriente, se ha detenido, quién sabe por qué motivo, un segundo ante nuestra vista. El intento es vano; como vestir un traje de agua.

A Dios gracias, esta explicación tan lírica no es una premisa para escribir una autobiografía, lo cual, más que alegrar, entristece; y entristece porque, si hay algo claro, querido lector, en el repaso voluntario de nuestra memoria, si hay algo coherente, y por tanto lejanamente comparable a aquel fugaz destello lúcido fijado en la corriente, es nuestra contradicción consustancial, y aquí vale decir que imperfección.

Un pensador que no recoge de modo sistemático sus reflexiones –se dice– es un pensador “asistemático”, condición indispensable –traído ahora a este asunto de aquel destello lúcido de nuestra vida fijado en la corriente– para escribir, si no con todo su sentido dictado en un segundo, una buena biografía, como parece haber hecho nuestro Pablo Carbonell –”Mi agüita amarilla”– con “El mundo de la tarántula”, su propia vivencia dramatizada que, en la noche del pasado viernes, se representó en el Colegio San Luis Gonzaga, en El Puerto de Santa María, dentro del Festival de Teatro de Comedias Pedro Muñoz Seca, cosechando su autor, el mismo Carbonell, un éxito más que merecido.

La buena biografía requiere, no sólo aceptar las contradicciones inherentes al ser humano, sino, un paso más, sacar partido a la exposición íntima, y quién sabe si la vergüenza, que le son anejas y que sin duda la ennoblecen.

La resuelta sinceridad de Carbonell, vista ya la representación, se nos antoja una especie de sonda con que el artista, más sensato de lo que podría trasmitir su imagen pública, registra las señales de un público en que cree para creer acaso en sí mismo: ¿De qué otro modo se pueden interpretar si no las referencias a ciertos conocidos personajes mediáticos cuya imagen pública, mucho menos sospechosa que la suya –y aquí atendemos al contexto en que él mismo Carbonell lo expone en esta obra–, les supuso sin embargo, la cárcel? Con la guitarra en la mano, interpretando temas como “El sitio de mi recreo”, de Antonio Vega, Pablo Carbonell, amplió, con mucho, su dimensión sentimental.

Por otra parte, de considerar el éxito como una suerte de ‘borreguismo moderno’, sumado a lo de arrostrar el ridículo y la vergüenza de exponer las imperfecciones, resulta, en este caso de Carbonell, la soledad del héroe: ¡Quién sabe si en dicha soledad heroica, cansada ya la vista por el tumulto turbulento y agitado de los años, surgirá de pronto esa línea recta, de principio a fin, donde adquiera pleno sentido la existencia!

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