“Más basura”

Imagen captada a las 11:00 horas de la mañana del lunes 31 de julio, en El Puerto de Santa María. / P.P.M.

Imagen captada a las 11:00 horas de la mañana del lunes 31 de julio, en El Puerto de Santa María. / P.P.M.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu (Tribuna libre).- Sé que han pasado algunos años, más de los que me gustaría recordar, pero hubo un tiempo en el que no había puntos de reciclaje de residuos bajo tierra, ni siquiera contenedores de superficie, tan solo había cubos y bolsas, cada cual en su casa.

Cuando llegaba la noche, antes de que dieran las diez, se bajaba hasta el portal, y en una esquina, se depositaba la bolsa, bolsa que a veces dejaba residuos líquidos que por la mañana se limpiaban.

Durante la noche pasaba un camión, sin dispositivos de elevación mecánicos y si humanos, ya que los encargados recogían a mano las bolsas, y con inusual pericia, para no mancharse, las iban lanzando al contenedor. Podría ser denominado un arte, ya que en ocasiones el conductor no detenía el vehículo, y cual un gánster, los operarios se enganchaban al estribo en marcha mientras la bolsa volaba por sus cabezas.

El progreso, ese que nos hace más cómoda nuestra vida, nos ofreció la oportunidad de no manchar nuestros escalones, dio seguridad, y no solo higiénica a los operarios, y trajo como consecuencia algo tan conocido como el incivismo.

Si antes no bajábamos la basura antes de las nueve, ni después de las diez, para que nadie viera nuestras propias “basuras”, el anonimato del bidón de la esquina nos hace valerosos, y bajamos esa ajena basura a las diez de la mañana, a las tres de la tarde, a las cinco, a las seis a las siete, o cuando mejor nos venga, y si no queremos mancharnos con los tiradores de los cubos, incluso podemos dejarla al ladito.

Esto genera que el progreso nos traiga imágenes y olores nauseabundos a las once la mañana, eso sí, por exclusiva culpa del maestro armero, que para eso cobra, ya que con intuir que existe poco servicio de recogida, tranquilizamos nuestra suciedad.

Quizás haya de todo, mayor cúmulo de basura en los bidones, un sofocante calor que hace que huelan los residuos aun estando bajo tierra, y ante todo el indiscutible y civilizado factor humano, ese que olvida aquellos tiempos en los que la basura se dejaba hasta las nueve de la noche en casa, esa que nos hace no hacer que los demás tengan que soportar nuestra suciedad, esa razonable cuestión de urbanidad que nos hace entender que si salgo me llevo la basura, porque… para que huela mal mi casa, que el resto del mundo sepa cómo huele el pescado podrido.

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