“La costa encantada”

El Fuerte de Santa Catalina se encuentra a la entrada de la bahía de Cádiz, en el municipio de El Puerto.

El Fuerte de Santa Catalina se encuentra a la entrada de la bahía de Cádiz, en el municipio de El Puerto.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu (Tribuna libre).- Sentado en aquella terraza contemplaba la bahía plagada de imaginarios galeones que venían de las Américas, las olas, tan cercanas como lejanas eran el perfecto fondo para la música que a modo de una meditación zen ofrecían una tranquilidad y armonía propias de una costa inolvidable.

No hacía ni dos días que había asistido a un concierto en la explanada donde antaño se albergaban las municiones, que subidas a aquel magnifico telón, que en otro tiempo tuvieron como protagonistas a unos baterías excepcionales, ahora solo lanzaban acordes musicales contra ese imaginario enemigo que la luna dibujaba.

A mi lado, las conversaciones de los amigos eran más placenteras, y aplaudí el buen gusto de aquellos que supieron cambiar el color de los uniformes, los santo y seña por comandas, y el uso militar por el culinario, aprovechando, estratégicamente, un lugar que defendiera a la bahía y que ahora servía para defender a los que vivían en la bahía.

Los glacis seguían ahora ocupados, vigilando las secretas confesiones entre copas, y en sus entrañas corría un sendero hacia los viejos embarcaderos para poder disfrutar de otras vistas. Estaba deseando que llegara el recital que daría el orfeón por su aniversario, formando como antaño  la tropa uniformada, escupiendo por las troneras el mismo fuego que despidió un día, para atraer a la gente del mismo modo que antes las espantara.

Sentado en aquella terraza, mientras el mar me observaba, me dejé llevar por el recuerdo, por los sabores y por la paz, y el salitre acumulado en aquellas piedras me recordó que la bahía era mía. Mientras daba el ultimo sorbo, abrí los ojos, y Santa Catalina me devolvió a lo que realmente me rodeaba, abandono, maleza y el ronco grito de unas piedras que se negaban caer al mar… miré a mi alrededor, preguntándome por qué había abierto los ojos, pues viendo la realidad, no podía sentirme más culpable que aquellos que nada hacían, que aquellos, que ciegos, seguían obstinados en no ver todo lo que a nuestro alrededor dejamos pasar y extinguirse.

Lamenté mi propia cobardía por no hacer nada, lamentos que de nada me servían, amarga realidad que demostraba, que jamás nada se haría. Volví a cerrar los ojos, y en la luz que me ofrecían los cantos de las olas, vi que limpio de malezas y de escombros, con la altiva desnudez de aquellas piedras, las vistas y el entorno seguían siendo mejor que cualquier otro escenario, las piedras murmuraban resignadas, ni siquiera quieren ser ya restauradas, se conforman con sentirse bien cuidadas, ajenas a arañazos y pintadas, y al menos, como antaño, admiradas, queridas y arropadas.

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