“Ser o no ser, ésa es la cuestión”: el Hamlet de Shakespeare en El Puerto

'Hamlet', en el Teatro Pedro Muñoz Seca este sábado noche. / P.P.M.

‘Hamlet’, en el Teatro Pedro Muñoz Seca este sábado noche. / P.P.M.

EL PUERTO.- Hamlet, de William Shakespeare, en El Puerto. “Ser o no ser, ésa es la cuestión”. Y yo diría más bien: “Tener o no tener. He ahí la cuestión”. Porque si hay algo que interese hoy al mundo es “tener”. Y quien no tiene, además de carecer de identidad, es como si no existiera.

En el siglo XV, según Américo Castro, era más importante “ser” que “hacer”. Mas importante decir “yo soy” a “yo hago”. Hoy es más importante decir “yo tengo”, a “yo soy”.

¡El pobre “ser”! ¡Las dimensiones incalculables y riquísimas del “ser”… están en jaque con el desprecio que se inculca hoy contra las ideologías! Pero esto no hace mella en Hamlet. Unos quieren que hagamos. Otros, que tengamos. Y eso está bien. Es necesario. Tiene sentido. Pero, por favor, ¡que no nos machaquen el “ser”! ¡Que nos dejen meditar con Hamlet, aunque ya no está de moda y se tome como signo de comodidad o aburrimiento! Porque hay que meditar antes de actuar. Y Hamlet lo sabía. Era el suyo un “ser” de acción. Y una idea, para Unamuno, es una acción incoada. Ya hacemos algo al reflexionar. ¡Algo de piedad, por tanto, con el pobre “ser”, tan humano como la acción del bien o la posesión de bienes, del resistente Hamlet!

Y un Hamlet de acción, repito, es también éste que nos trae al Muñoz Seca la Compañía de Teatro Clásico de Sevilla con una escenografía, así como su vestuario, atrevidos, y no menos originales. La fuerza interpretativa de los personajes, en especial de la inestable Ofelia, encarnada por la actriz Rebeca Torres, aporta matices de clara contemporaneidad a la obra, mas sin faltar a su patrón clásico. Lugar señero merece también el actor Pablo Gómez-Pando, que nos propone un Hamlet inconformista y enérgico, un héroe de acción que sale al paso al prejuicio general, tan arraigado como injusto, de que Hamlet es un personaje falto de audacia, demasiado reflexivo y hasta neutro.

Cabe resaltar también el acierto del vestuario, con esa austeridad augusta de sobrio colorido que exige la recreación del ambiente, pero con audaces guiños vanguardistas. Una gran representación, en suma, de un clásico imprescindible que debería animar, en vista de los excelentes resultados obtenidos – prologada ovación unánime y potentes “¡bravo!” de un público volcado con los actores – parejos intentos.

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