Pedro García Aguado y Francisco Castaño ofrecen una charla en El Centro Inglés

La charla.

La charla.

EL PUERTO.- “Bajo el sugerente rótulo de Aprender para educar”, Pedro García Aguado, conocido por su labor de coach en el espacio televisivo “Hermano mayor”, y el pedagogo Francisco Castaño Mena, pronunciaron el pasado lunes una distendida conferencia de carácter educativo en las instalaciones de “El Centro Inglés”.
El evento dio comienzo a las 19 horas, con una nutrida asistencia, que mereció la felicitación expresa por parte del exjugador de waterpolo, y parte del contenido de la cual pasamos a referir, tal cual fueron tomadas, a modo de apuntes rápidos, desde el mismo público. Comenzamos.

Comienza la  conferencia con una aclaración por parte de los conferenciantes de que lo que se va a desgranar en la conferencia es una metodología práctica del programa “Aprender a educar”. Sigue un comentario de García Aguado, en relación a los chicos del programa “Hermano mayor”, que viene a decir más menos: “aquellos chicos del programa televisivo se portaban mal, pero no eran malos”. A renglón seguido, para situar al auditorio, anécdotas necesarias de expresión distendida y amena, glosadas con varios ejemplos, en clave de broma. Por ejemplo, la del jinete que se encuentra en apuros por no saber montar del caballo, muy divertida, sí, pero que no tiene en cuenta, a nuestro juicio, el valor de la improvisación, ni del error, tan necesario en el desarrollo humano, cuando menos en el del niño. (Lo que se pretendía destacar, al parecer, con el ejemplo del caballo es que – llevado al plano de decidir ser padre – se debe pensar antes de “montar” (risas)

A continuación, la frase ” todo ha de ser fácil”  se toma como punto de partido para atacar el defecto de permisividad de algunos padres, si bien con escasa eficacia, ya que no es en nuestra demarcación geográfica el citado dicho de aplicación regular. Más bien, en consonancia con el tipo de educación de tradición judeo-cristiana en que permanecemos, lo que aquí siempre se ha dicho es todo lo contrario: “el que quiere algo, algo le cuesta”, etc.

A poco espacio, con recurrentes reiteraciones a que los padres se lo dan todo mascado a sus hijos, aluden enseguida a los casos de hijos que llegan, de tanto consentirlos, a agredir. Se previene también sobre las corrientes psicopedagógicas modernas que, “con decirle “no” al niño tres veces, se cree que le crea traumas”. Entre tanto, de la bondad innata de niño y de su posible indefensión ante este sistema pedagógico, no se hace ninguna mención.

Le sigue hablar sobre redes sociales, sobre posibles delitos en la red. “Los hijos nos toman delantera en esto, por eso el citado programa “Aprender a educar” es para padres”, dicen.

Se pone un vídeo en que Emilio Calatayud, juez de menores, tratando al parecer de presentar las circunstancias habituales que rodean la crianza de un hijo en un infierno de inquietudes, recurre a enumerar: que si las dificultades de la madre, que si las privaciones, que si los médicos, que si el parto, que si el desvelo por las primeras semanas de vida, que si la guardería, que si se ponen malos, que si el Dalsy, etc. Y la enumeración se prolonga hasta el momento en que los hijos se hacen mayores. Hay que reconocer que el efecto de la enumeración es eficaz, aunque dentro de una sabiduría sobria, en que se echa en falta una mirada tierna, acaso más comprensiva, en relación a la indudable trascendencia del asunto que se trata.

Tras el vídeo del juez granadino, se destaca lo importante que es hablar sobre cómo es cada niño, y que si algunos son hexagonales, otros cuadrados, etc. Le siguen más bromas, con risas en aumento.

Toca hablar de tipos de padres. Padres, por ejemplo, que dejan a sus hijos llevar móvil al colegio para tenerlos localizados… Luego están los padres sobreprotectores, que disculpan siempre a sus hijos; y le sigue una parodia sobre situaciones, en verdad muy serias, descritas en clave de un humor, no toda vez apropiado para todas las sensibilidades. Y un poco más adelante, sin dejar de intercalar bromas de aparente espontaneidad, otra vez de cabeza al problema de la violencia y las drogas… Se propone, entonces, una educación en normas y límites. Y de nuevo otra vez parodias entre los dos conferenciantes con ánimo de explicar situaciones que requieren, (habida cuenta que se refieren a un ser ya de por sí complejo como es el ser humano), tratarse con más seriedad. A todo esto, ninguna cita o referencia a psicólogos, sistemas o corriente psicológicas, etc.
Por el contrario, alusiones recurrentes a una sociedad competitiva que, al parecer, se toma como realidad única, sin tomar en cuenta los criterios subjetivos ya formados, que son parte de una pluralidad social diversa y necesaria.

Aseguran que con castigos de tres días, ningún niño se traumatiza, lo que constituye una afirmación algo arriesgada con que se ignora, una vez más, la pluralidad de perfiles familiares particulares, consiguiendo crear una suerte de compadreo explicativo que no convence.

Viene luego un vídeo que refleja situaciones violentas que imitan los hijos, lo que resulta de provecho, aunque incide de nuevo en lo que parece el objetivo real de la conferencia, prevenir otra vez sobre la violencia. No hay duda de que estas explicaciones gráficas en que los actores exhiben ademanes violentos, ayudan a concienciar al espectador de la necesidad de acogerse a un programa que quiere concienciar del peligro de la agresividad de los menores consentidos.

Después toca hablar de normas: pocas y claras, dicen… Y otras vez nuevas parodias a los padres que temen traumatizar a los hijos por decirles, “no” Normas claras que hay que aplicar – dicen –  de 0 a 12 años.

Le sigue vídeo de un chico que no recoge su cuarto, siempre en clave de humor, por supuesto. El objetivo del video es destacar las excusas que es capaz de inventar un niño con tal de no recoger su cuarto. Es divertido, la gente ríe. El ejemplo es afín al propio método distendido de los conferenciantes, basado en su propia experiencia, de que dan continuas anécdotas.

Importante destacar la relación que establecen entre el consentimiento regular por parte de los padres y los futuros puestos de trabajo de sus hijos, donde éstos no moverían un dedo sin recompensa previa, y los llama “niños foca”.

Más anécdotas; relativas algunas a las excusas que buscamos los padres para no acatar normas. Ejemplos parecidos al del caballo, pero esta vez aplicados al ámbito de las normas de circulación, en que se olvida de nuevo mencionar la necesaria capacidad de improvisación ante situaciones específicas, que también las hay…
Se destaca papel de autoridad- Guardia Civil – como regulador de norma. Se quiere transmitir que los padres hemos de ser firmes en el denominado “sistema de recompensas y consecuencias”.

Y por fin el “Síndrome del Emperador”, el del niño tirano que cuando no consigue lo que quieren, se muestra violento. (Otra vez violencia). ¿Cómo evitarlo? Pues siguiendo el programa. Le siguen más casos de niños violentos, con madres aterradas incluidas.

Después toca hablar sobre alcohol: si los padres beben por cultura social, los hijos, ante un momento de debilidad, beberán también. Se describe el daño orgánico que produce el alcohol, la marihuana, los riesgos de trastorno mental, etc. La policía no debe ser quien vete el acceso a las drogas, sino los padres, dicen. (¿Padres policías?, pensamos)

Por fin, se aconseja poner normas con amor. No desautorizar a los abuelos.

Y por fin, toca hablar de la empatía. Se aconseja pensar cual piensa un niño. Ser comprensivos, no permisivos.  Pero – y esto lo decimos nosotros – ¿quién dice que permitir no sea educativo? Porque permitir ¿no es el mejor modo de convencer a veces?
Por último, un fragmento de película en que se advierte del peligro de educar generaciones de niños tiranos… El personaje principal, un anciano, exhorta a ser firmes: ¡”no” significa,  “no”!

Resumiendo: se ha echado en falta, entre otras cosas, tratar sobre la personalidad creativa del niño y su complicada adaptación en el sistema educativo. En este sentido, no es de extrañar la cálida acogida que ha recibido este programa, sobre todo por parte de aquellos que creen que los artistas, tal como funciona el mundo, no llegan a nada. En vez de identificar con tiempo la vocación artística del alumno, con ánimos siempre de que vean la realidad del mundo, se les desanima; y no pocas veces, se recela incluso si no será una treta del mismo alumno, que es vago y no quiere estudiar. En vista de esto, no es de extrañar, repito, la cálida acogida con que se ha recibido este programa educativo cuya raíz, a pesar de los ropajes bienintencionados con que se lo revista, es el control absoluto de los niños, no desde “las muchas formas de educar” que se propone, sino desde la uniformidad reglada, única, al parecer con que se satisface la desconfianza enfermiza de los adultos y garantiza la comodidad.

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