“A ver quién paga ahora”

Real Plaza de Toros de El Puerto.

Real Plaza de Toros de El Puerto.

Alamares (Tribuna libre).- Desde mi cuartel de invierno, en la sierra de Grazalema, bendito destierro al que me veo obligado a acudir para mitigar los efectos de mis dolencias, observo con atención las malas noticias acerca de la Plaza Real de El Puerto y su mantenimiento.

Al terminar el último festejo de abono, me despedí de mi compañero de localidad, sexagenario como yo, y nos vanagloriábamos de lo preciosa que había quedado la plaza tras sus reformas. Incluso asistimos los dos a “los martes de la academia”, organizado por la centenaria institución de Santa Cecilia, a presenciar la conferencia que pronunció el arquitecto redactor del proyecto, José Carlos Galán, a quien desde ese día mi amigo y compañero Fernando apodó Norman Bullring.

Nuestra curiosidad nos llevó a acudir a las visitas guiadas que organizó el ayuntamiento. De primera mano pudimos presenciar con más detalle en qué consistió la reforma. En ese tour uno de los grandes momentos de gloria lo protagonizó nuestro guía, un señor de pelo canoso y que según nos contó era técnico de Turismo. Aún a día de hoy, seguimos sin salir de nuestro asombro cuando el cicerone afirmó, que la sala de diestros era para que descansasen los toreros entre toro y toro; o que la ubicación de los toriles estaba así dispuesta motivada por la celebración de espectáculos a plaza partida. Sin duda, todo un derroche de sabiduría y conocimientos sesgados.

Han pasado unos meses y sólo hizo falta que la lluvia hiciera acto de presencia en nuestra provincia. En la sala de exposiciones se infiltraba agua por sus muros. Los tapices bermellones que revisten las paredes, se empaparon ante la atónita mirada de Paco Arniz, el artista que exponía sus obras en la Plaza Real. Y tras el episodio, no se hicieron esperar las reacciones de empresa y ayuntamiento, con excusas, acusaciones y ríos de tinta, para intentar eludir responsabilidades. Al final, la culpa es del higrófugo, que se resquebraja y deja que pase el agua. Al menos eso afirmó Norman Bullring.

En mis tiempos de trabajador en activo de AGROMAN, recuerdo el comentario que me hizo un día el ingeniero jefe d. Juan José Arenas de Pablo, ante mi felicitación por el diseño de una de sus infraestructuras emblemáticas: “ha quedado bonito, pero esto requiere un continuo mantenimiento”. Pues eso. Los edificios hay que mantenerlos. No vale un lavado de cara antes del inicio de cada temporada. El dineral invertido en la monumental portuense requiere de una continua, minuciosa y permanente labor de conservación. Si no, a la vuelta de unos años, la plaza presentará un estado ruinoso y lamentable.

Por culpa de la lluvia se ha generado un gran debate en el mundillo taurino portuense, hasta el punto que ha salpicado a la escuela La Gallosina que este domingo tiene previsto celebrar una clase práctica. Sabida y notoria es la tensa relación que mantienen Juan Carlos Beca Belmonte y el equipo docente de la escuela. Parece ser que tal y como ocurrió el año pasado, el empresario sevillano está poniendo todas las trabas del mundo al desarrollo del evento. En su argumentario, Beca se agarra a que la plaza no tiene pasadas unas inspecciones de la instalación eléctrica, mientras que el Ayuntamiento mantiene que la Junta de Andalucía no pone ninguna objeción. Sea como fuere, la celebración del espectáculo está en el aire, y echamos en falta la mediación del concejal de Plaza de Toros, Ángel Quintana, y el golpe encima de la mesa del alcalde.

Sr. Alcalde, remánguese y empiece a trabajar por la plaza. Menos dar coba a la escuela taurina con falsas promesas, y comience por dar ejemplo achicando agua a cubazos, para luego poner freno al deterioro paulatino del coso. Y con esos cubos apague definitivamente el fuego que subyace cada vez que La Gallosina quiere hacer uso de la plaza.

A ver quién paga los platos rotos. Seguramente le toque a la escuela, porque eso de pagar no lo llevan ustedes bien, si no, que le pregunten a Endesa y por supuesto a los amigos del bar Sol y Sombra, quienes pasaron el quinario para cobrar unos míseros veinte euros del famoso desayuno ibérico. Claro que, si tardaron meses en “a-pagar” ese fuego…

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